MUCHAS FAMILIAS DE TANTAS
- Nohemí Fernanda

- 2 oct 2025
- 6 Min. de lectura

ADVERTENCIA:
Las reuniones de la Asociación de Edificios con Traumas Anónimos (AETA), tiene lugar en la colonia “Santa Inés”, en la sección de Azcapotzalco se presenta en un terreno baldío por la calle 16 de septiembre. Todos los jueves una serie de edificios se reúne para contar las historias anónimas de sus habitantes, éstos no precisamente tenían que notar las reuniones, pues se llevan a cabo en la madruga.
En estas reuniones se habla de la vida interior de los inquilinos, si pagaban renta o no, si eran higiénicos, si cuidaban las instalaciones; pero también se contaba la vida cotidiana de los mismos, pues, así como los humanos, los edificios también deben ir a terapia.
Nos concentraremos en dos predios en específico Duraznos 17 y Alcanfores 85, pero se encuentran relatos de otros espacios puntualizados en los alrededores de la ciudad. Los inquilinos de estos dos edificios, los han dejado traumados. Las cosas que se contaban dentro de este grupo en específico, se recopilan en una serie de relatos que encontrarás más adelante, sin embargo, es necesaria una advertencia.
SÍ TÚ QUE ESTÁS LEYENDO ESTO, RECONOCES A ALGUNO DE LOS PERSONAJES, DEBES PROMETER EN VOZ ALTA QUE NO DIRÁS ABSOLUTAMENTE NINGUNA DE LAS INTIMIDADES AQUÍ CONTADAS, PUES LA "AETA" PUEDE BUSCARTE Y ENCONTRARTE POR ANDAR DE HOCICÓN.
RECUERDA: SON DE AZCAPOTZALCO Y POR AHÍ UNO DEBE ANDARSE CON CUIDADO.
(Los nombres, calles y números fueron cambiados por seguridad de los personajes (y mía).
JACARANDAS 76
Rodolfo se dedicaba a entregar agua a domicilio. Su pequeño centro de trabajo lo compartía con su amigo Jairo. Ambos habían fundado un aguacentro con sus ahorros y, aunque no era el trabajo más divertido, les daba para mantener a sus familias. Azcapotzalco siempre se ha caracterizado por ser una alcaldía con poco abastecimiento acuífero, por lo que los aguacentros se volvieron el pan de cada día para llenar cubetas y tambos. El de Rodolfo y Jairo no fue la excepción.
Todos los días abrían a las 8 a.m. y comenzaban con la limpieza de cada recipiente. Los pasaban por el proceso de esterilización, luego el llenado y etiquetado. Aproximadamente a las 9 a.m. salían los primeros ocho garrafones que serían entregados en las tiendas de la colonia Pasteros. El resto del día era igual, pero en otros puntos: recauderías, tortillerías, casas particulares y negocios que utilizaran el líquido potable.
Rodolfo siempre era quien entregaba los garrafones en los espacios donde los solicitaban. Era un hombre muy amable, se amigaba con todos y siempre tenía una plática pendiente con alguno de los vecinos. A veces era regañado por Jairo, ya que perdía mucho tiempo entre entrega y entrega, pues el chismecito se ponía bueno.
La gente quería y apreciaba a Rodolfo, y fue así que todos comenzaron a notar que tenía problemas en casa. Vivía con su esposa y tres hijos nacidos de ese matrimonio, pero se sabía que era sobajado en la relación por ser el “humilde sin carrera”. Su esposa era una contadora de renombre en un despacho mediano en la colonia Del Valle, y él solo era un repartidor de agua. Ninguno de los dos se sentía cómodo con la relación, pero eso no importaba: tenían que mantener a sus hijos.
Vivían en la casa que Rodolfo había heredado de su padre, donde había un árbol de limones muy grande y un jardín que los niños disfrutaban al llegar de la escuela. Pasaban la tarde con él, hasta que llegaba su madre y entonces los problemas comenzaban. Ya no se sentía la misma paz. Rocío llegaba humillando a Rodolfo por ser “menos”, por no tener suficiente dinero, por haber asumido el rol de esposa en su matrimonio: cocinando, llevando y trayendo a los niños, haciendo la limpieza y trabajando en un negocio pequeño que casi parecía un hobbie. La violencia siempre venía de parte de ella, y era un gritadero de nunca acabar, siempre esperando más y recibiendo lo conocido.
Rodolfo intentaba justificar de mil maneras a su mujer. Hacía todo lo posible por no romper su matrimonio, por no repetir la historia que él vivió de niño. Por sus hijos, por él. Podía soportar ser un fracasado, podía soportarlo todo, menos que las cosas se le desmoronaran más. La vida dio mil vueltas y, como era de esperarse, nada salió bien para él. Las ventas en el aguacentro iban bien, la confianza que construyó con sus hijos iba excelente, pero su matrimonio iba peor. Se enteró de que su mujer le fue infiel constantemente con su jefe, y eso lo rompió. Lo quebró para siempre.
Empezó a alcoholizarse de manera constante. Sentía que ahora sí era un fracaso en todo lo existente, que les falló a sus hijos, que falló como hombre y en todo lo que alguna vez se propuso. Conoció a una vecinita de la calle Alcanfores. Vivía en la accesoría adaptada como departamento en la parte de afuera. Tenía tres hijos, igual que él, y algo lo hacía sentirse identificado. Se volvieron amigos, hasta que la soledad le ganó y empezaron a intimar un poco más. Se embriagaban juntos y lloraban por sus penas. Ella comenzó a sentir que Rodolfo podía quitarle esa sensación de vacío y soledad, así que varias veces intentó enredarlo para tener sexo, pero él siempre se negó. Realmente pensaba que su esposa iba a recapacitar y que las cosas mejorarían. Nada más alejado de la realidad.
Su esposa se enteró de su nueva amiga y apareció afuera del departamento casi para matarla. Le gritoneó y hubo una discusión que acabó con la tranquilidad de todos los presentes. Luego de un jaloneo de cabellos, la cosa quedó ahí.
Rodolfo sintió cómo la vida se desmoronaba por pedazos. Cada cachito era una de las cosas que conocía, y ya no podía recurrir a nadie sin tener problemas con su mujer. Como buena infiel, era fácil desconfiar del otro para no revelar lo que realmente estaba pasando. Cada día era un pesar. Ya no se levantaba de buen humor, pedía días libres con más frecuencia en el aguacentro y empezó a descuidar lo que alguna vez lo hizo feliz.
Jairo estaba preocupado por lo que podía ocurrirle a su amigo, pero confiaba en que el amor por sus hijos lo sacaría adelante. Y si no era eso, sería la necesidad. Nunca dejó de pagarle. Realmente se preocupaba por él, le importaba que ya casi no lo veía, que ya no se interesaba por el proyecto que comenzaron juntos. Y entonces pasó lo peor.
Rocío decidió no confiar más en Rodolfo. Como último acto de locura, tomó a sus hijos, la mayoría de los muebles, la ropa, y los sacó de la casa con el pretexto de irse con su madre. Que tenía que pensar en varias cosas y que después se arreglarían. Rodolfo, con lágrimas en los ojos, suplicaba a todo lo existente que la vida se detuviera. Que por favor no le quitaran lo único que lo mantenía con vida. Que si ella quería irse, estaba bien, pero sus hijos eran lo más importante en el mundo. Y aun así, se los llevó lejos.
Harto, cansado y triste por lo que ocurría con su vida, una vez más decidió alcoholizarse hasta perder la consciencia y quedarse dormido. Al despertar, se dio cuenta de que nada había sido un sueño. Sus hijos realmente no estaban. Había perdido lo que más quería y había fracasado en todo lo que alguna vez tuvo. No tenía fuerzas para levantarse, no quería vivir, no podía salir a buscar a Jairo y no sentía que nada fuera a salirle bien. Entonces decidió que solo una cosa podía salir bien...
Cinco días después de aquel suceso, Rocío decidió ir por más ropa para los niños. Los llevaría con ella para que pudieran ver a su padre y convivieran con él. Todo el trayecto fue tranquilo, pero parecía que el cielo se oscurecía cada vez que estaban más cerca de la casa. Al llegar, abrieron la puerta y los niños corrieron a abrazar a su padre. Lo único extraordinario es que el cuerpo de Rodolfo estaba frío y colgado en una de las ramas del limonero que había en el jardín.
Se oscureció todo, y ahí habría terminado consigo.




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